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martes, 30 de marzo de 2010

EL OBRERISMO ES OBSOLETO

Teniendo en cuenta que en los comienzos del movimiento obrero la producción de servicios tendía a cero, y hasta era mas generalizada la situación de la temprana edad para comenzar a trabajar asalariadamente, es comprensible que se haya buscado en el obrero no al productor y manipulador de herramientas y máquinas supuestamente liberadoras, sino al proletario, ya que podían ser casi sinónimos, debido también al antagonismo de clase más claro y visible.
Hoy esa búsqueda es errada, el obrerismo es obsoleto porque la producción capitalista la ha superado. Basta observar el hecho de que incluso la reproducción de la cultura es prácticamente compartida, ya que en la actualidad explotadores y explotados ven el mismo programa de televisión y desean los mismo artículos de lujo: en el pasado esa pseudo-homogeinización hubiera sido imposible. De todas formas también es peligroso que la perspectiva de clase, cuando no cede al populismo, ceda al obrerismo, aún en nuestros tiempos. Comprendemos que la ideología del obrerismo es ya obsoleta, pero también comprendemos que la posición de los trabajadores sigue siendo fundamental para cualquier intento de revolución.
Es indudable que hay sectores estratégicos del proletariado que, dada su capacidad de paralizar los centros decisivos de la acumulación del capital (gran industria, minería, transportes, comunicaciones), podrían tener un papel realmente decisivo en una revuelta, pero no siempre estos son los más decididos o los que más aseguran la generalización de las mismas. En cambio otros sectores, como por ejemplo los desocupados en general, o en particular el proletariado joven que no ha encontrado -o que sabe que no encontrará- comprador para su fuerza de trabajo, pueden jugar un papel decisivo en el salto de calidad del movimiento.
Compartimos entonces un texto bastante ejemplificativo realizado por el grupo Wildcat y traducido por los responsables del sitio Iniciativa de agitación comunista (www.ing-soc.blogspot.com )
“El obrerismo es una forma de ideología capitalista, endémica entre los autodefinidos revolucionarios. Es una ideología que fomenta la aceptación de la relación labor-sueldo entre individuos que se han dado cuenta de la explotación que ésta conlleva. Es, por lo tanto, una de las más elevadas formas de alienación.
La veneración por el obrero se encuentra en varias ideologías estatistas, como el estalinismo y el nazismo. Los trabajadores son honrados por su rol de constructores de la nación, el estado y el capital. El obrerismo venera el trabajo manual, el “trabajo con martillos”. Su visión del proletariado es el “hombre musculoso”. Mediante el rechazo del trabajo comercial y de oficinas, rechaza a una gran parte de trabajadoras asalariadas, revelándose a si mismo también como sexista.
El obrerismo ha estado presente en el movimiento obrero desde el principio. Las primeras sociedades obreras, de inspiración cristiana, veneraban la honradez y el trabajo. Este moralismo linda con el obrerismo, el bastión remanente de la ideología cristiana en el movimiento obrero.
[...] El obrerismo lidia con el fracaso histórico de su teoría no mediante la corrección de su teoría sino mediante la falsificación histórica, en cada caso el rol jugado por los no-obreros es denegado o minimizado. La teoría revolucionaria en cambio analiza los eventos reales para luego entender los momentos de debilidad en el capitalismo.
Los obreros productivos, según los obreristas, mantienen una posición crucial debido a que puede, dejando de trabajar, destruir al capitalismo. En realidad la importancia de éstos está sobrevaluada, debido a que la producción es solo una parte del ciclo acumulativo del valor. Los trabajadores de las ramas de la comunicación y distribución son también una fuerza poderosa. Una huelga de trabajadores bancarios puede tener un mayor efecto para el capital que una de obreros automotrices. A su vez, una ola de disturbios urbanos puede tener más efecto que ambas juntas.
La búsqueda de facciones cruciales dentro del proletariado, cuya lucha se vea privilegiada, revela la perspectiva jerárquica que mantiene el obrerista. Surge de la visión de que el comunismo es un programa ya encuadrado que sólo necesita de tropas para ser llevado a cabo. Esto refleja la resaca del antiguo socialismo de la 2da y 3ra internacional en sus facetas socialdemócratas, leninistas o sindicalistas.
Esta teoría ve a la lucha de clases como una guerra (burguesa) con soldados y generales. El revolucionario profesional determina el programa y los obreros lo ponen en práctica.
El obrerismo y el intelectualismo son opuestos pero no se contraponen, se complementan el uno al otro, el pensamiento y la acción están separados, los trabajadores deben poner las ideas de los teóricos en práctica. Los obreristas a menudo tienen su propia crítica de los intelectuales y no para el mismo obrerista.
El sujeto revolucionario no son los trabajadores productivos, ni siquiera los obreros: es el proletariado, aquellos sin poder social o capital económico, que no tienen nada excepto sus cadenas para perder.
Además, los estratos no-proletarios pueden jugar un rol totalmente activo en un contexto revolucionario si el proletariado mismo está en actividad.
La meta del movimiento comunista, entonces, no es la de lograr el Estado de los trabajadores: es la abolición de todas las clases sociales para lograr la comunidad humana, creada mediante la lucha anticapitalista”.



jueves, 13 de agosto de 2009

Marx en $hile, una lectura edificante desde el pasado próximo

Los compañeros de “Círculo Internacional de Comunistas Antibolcheviques” hace algún tiempo digitalizaron un texto de Michael Löwy , llamado: “Marx un siglo después” http://www.geocities.com/cicabib/lowy_Marx.zip 
Se destaca la última seccion de éste texto; pues plantea cuestiones interesantes sobre la clase obrera y la importancia de la organización. Éste texto es de 1994, con un contexto en el cúal los “socialismos reales” fenecieron y el marxismo parecía un muerto sin esperanzas de renacer. Hoy el movimiento obrero chileno está en crisis; y muchas de las organizaciones que encontramos fenecen o tienen una dirección más hacia un partido legitimado en el Estado, que una organización transversal de los oprimidos que les permita la democracia directa y de consejos.  

La comunidad de los revolucionarios

La clase obrera no puede luchar contra el Capital, ni mucho menos enfrentar al estado burgués, destruir su aparato represivo centralizado y tomar el poder sin organización, y sin que sus sectores más concientes y combativos constituyan una o varias vanguardias organizadas (llámense partidos o no). Estas son conclusiones comunes a la mayoría de las corrientes revolucionarias del movimiento obrero, desde el anarco sindicalismo hasta el bolchevismo, extraídas de la historia de las grandes revoluciones. Es abstracto e ilusorio negarlas; de lo que se trata es de descubrir las condiciones para evitar que la organización sustituya a la clase, y la dirección o aparato a la militancia. No existe para eso ninguna receta mágica, pero algunos principios generales son la condición necesaria para luchar contra esos peligros, que son tendencias estructurales inherentes (pero no incontrolables) a toda organización orientada hacia la acción, en el seno de una sociedad en la cual predomina la jerarquía, la cosificación y las desigualdades sociales.

La premisa fundamental es la que hemos enunciado más arriba, al hablar de Marx: la única emancipación auténtica es la autoemancipación de los trabajadores. Lo que significa que la revolución la hará la clase en su conjunto, a través de sus organizaciones revolucionarias de masas, estructuradas desde la base, que se pueden llamar soviets, consejos obreros, comités de fábrica y de barrio, cordones industriales, sindicatos revolucionarios, ligas campesinas, milicias populares o lo que sea. Es normal, necesario y saludable que en el seno de esas organizaciones aparezcan corrientes, fracciones, grupos o partidos políticos con ideas distintas, que presenten al conjunto de los trabajadores. Sólo la más amplia libertad de opinión y organización y la más amplia democracia en el seno de esas estructuras de masas puede evitar la tendencia a su monopolización por una sola fuerza y su consecuente burocratización. En ese sentido fue lúcida y premonitoria la crítica que hizo Rosa Luxemburg a los bolcheviques por haber eliminado progresivamente a sus rivales políticos en el seno de los soviets.

Al mismo tiempo —y estos dos aspectos son inseparables— una organización de vanguardia que desea ganar para sus ideas, su programa y su praxis revolucionaria a las masas obreras y populares tiene no sólo que respetar la democracia de los consejos y comités, sino también que darles el ejemplo completo de la democracia a través de su funcionamiento interno. Comparto enteramente el punto de vista de que la ausencia de discusión, la represión de las divergencias o la prohibición de las tendencias en un partido obrero no pueden sino facilitar su burocratización. No hay duda de que los bolcheviques cometieron un trágico error al decidir en 1921 “suspender” las divergencias, es decir, abolir la democracia interna y abrir el camino al monolitismo burocrático. 

La burocratización socialdemócrata y estalinista de los grandes partidos obreros y la reproducción en pequeña escala de ese proceso en innumerables sectas y grupos de izquierda, ha generado entre amplios sectores de la ex militancia desilusionada, un escepticismo generalizado hacia “los partidos” en general, o hacia “la forma partido” en cuanto tal. Esta actitud escéptica o fatalista es comprensible, pero su único resultado concreto es que el campo de la lucha política queda abandonado en manos de formaciones de carácter burocrático. Sin embargo, para aquellos que no rompan con el proyecto socialista de redención revolucionaria de la humanidad, no queda otro camino que remar contra la corriente y luchar por la construcción de una organización revolucionaria auténtica, es decir, de una comunidad internacional de combatientes que no se plantean sustituir al proletariado ni imponerle su dirección, sino influir y orientar su táctica, elevar su nivel de conciencia de clase y estimular en su seno las ideas (y la actividad) de autoorganización, democracia obrera, internacionalismo y revolución social. 

Una comunidad organizada de la manera más democrática, con la más amplia libertad de discusión —y al mismo tiempo la mayor unidad en la acción por los objetivos democráticamente decididos por su mayoría— y cuyo ejemplo sirva como polo de referencia crítica y alternativa creíble a los partidos burocratizados hasta ahora dominantes. Esta organización puede y debe ser, hasta cierto punto por lo menos, una prefiguración de la sociedad emancipada del futuro. Hasta cierto punto solamente, porque (para citar un solo ejemplo) la utilización inevitable de la violencia en el combate revolucionario actual no corresponde al carácter pacífico de una futura humanidad comunista, sin Estados ni ejércitos. Sin embargo, es indispensable que en el seno de una organización de este tipo las relaciones entre los hombres —entre hombres y mujeres— tengan un carácter nuevo, inspirado por la solidaridad, la igualdad, el espíritu comunitario, el diálogo racional, la fraternidad: es indispensable igualmente, que ese carácter humanista–revolucionario se manifieste en el comportamiento de los militantes hacia los demás trabajadores, el pueblo, las masas, así como hacia las otras organizaciones del movimiento obrero. 

Es verdad que sería una ilusión creer que la comunidad de los revolucionarios pueda escapar enteramente a la herencia del pasado o al condicionamiento de la sociedad capitalista, que tiende a reproducir en su seno las jerarquías, la división entre teoría y práctica, la subordinación de la mujer, la burocracia. Pero es en la lucha contra esas tendencias que la organización se templa como vanguardia revolucionaria capaz de llenar su misión histórica de semillas del futuro socialista, como anticipación del hombre nuevo de la sociedad sin clases.